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México sin maíz transgénico, ni en el campo ni en el plato

El 31 de diciembre del 2020 se publicó en el Diario Oficial de la Federación un decreto presidencial que establece la eliminación del herbicida glifosato de manera total para 2024 y la prohibición inmediata de este agrotóxico en todos los programas de gobierno. Asimismo, este decreto prohíbe la siembra de maíz transgénico de manera inmediata, y la eliminación del maíz genéticamente modificado en el consumo de las mexicanas y los mexicanos en un periodo que no puede pasar del 31 de diciembre de 2024.

Sin duda lo establecido en este decreto es un gran paso y una gran victoria a favor de las personas y del medio ambiente, que nos brinda la oportunidad de proteger la diversidad biocultural, el medio ambiente y la diversidad agrícola base de la cocina mexicana. Elementos que nos acercan a la autosuficiencia y soberanía alimentaria de México.

No está demás mencionar que existe suficiente evidencia científica que nos alerta de las consecuencias desastrosas que los transgénicos, el glifosato y otros plaguicidas altamente peligrosos tienen en el medio ambiente, la salud humana y la sociedad.

Uno de los graves peligros del maíz genéticamente modificado es la contaminación transgénica en cultivos nativos y especies silvestres a través de la polinización cruzada, es decir, el intercambio de polen -que se da a través del viento- entre especies nativas y transgénicas. Esta contaminación transgénica nos lleva a la pérdida de diversidad de maíces nativos, cuando éstos últimos resultan esenciales para asegurarnos una alimentación saludable y diversa, pues son semillas con memoria, que se adaptan a situaciones adversas y nos permiten adaptarnos al cambio climático.

Igualmente, el cultivo de transgénicos tolerantes a herbicidas ha provocado un aumento exponencial en las dosis aplicadas de plaguicidas tóxicos, por ejemplo, el glifosato y el 2,4-D. Por su lado, los cultivos Bt – cultivos que tienen efecto insecticida- han provocado la generación de “súper plagas”, lo que provoca que los agricultores y las agricultoras gasten más en plaguicidas poniendo en riesgo su salud.

Por lo anterior mencionado, el maíz transgénico no representa ninguna ventaja para las agricultoras y agricultores, ni tampoco para los pueblos originarios del país, por el contrario; afecta sus actividades productivas; promueve la pérdida de diversidad biocultural y agrodiversidad y pone en riesgo su salud y la de las personas consumidoras. Además, no es verdad que los agrotóxicos y transgénicos sean necesarios para acabar con el hambre en el mundo: es posible producir alimentos más saludables y nutritivos sin utilizar agroquímicos. Un ejemplo es la agricultura ecológica, la cual emplea el policultivo y un manejo integrado de plagas que implica la combinación de diversas técnicas que no dañan el ambiente ni la salud de las personas, como el uso de bioinsumos, técnicas mecánicas o la asociación de cultivos.

En cuanto al rendimiento de los cultivos, investigaciones del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT) sostienen que “los cultivos transgénicos tolerantes al glifosato no son significativamente mayores que sus equivalentes no transgénicos. La tolerancia al glifosato y al herbicida no aumenta el rendimiento de los cultivos; por el contrario, los debilita y los hace más vulnerables a las plagas”. El uso de maíz transgénico y de los agrotóxicos, incluyendo al glifosato, se relacionan estrechamente con la pérdida de nuestra soberanía y autosuficiencia alimentaria, pues se ha dejado en manos de las empresas transnacionales la decisión de cómo producir nuestros alimentos.

Por lo que este decreto presidencial nos permite avanzar en la preservación de nuestros maíces nativos, del ambiente, el bienestar de la población mexicana, además de permitirnos tener autosuficiencia y soberanía alimentaria.

Por otro lado, este decreto que prohíbe el maíz transgénico y el glifosato para 2024, debe ir acompañado de políticas públicas que re-orienten los recursos públicos hacia una producción agroecológica que proteja la biodiversidad, el medio ambiente y los derechos humanos de las productoras y productores. Sin olvidar que la promoción de una alimentación sana, sostenible y culturalmente adecuada en nuestro país, tiene que incluir la recuperación de las diferentes razas de maíz, que se diversifican, cultivan y preservan en México.

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